⌊ ESPERANZA ROBLES ⌋

A lo largo de mi experiencia docente he visto sucederse distintas reformas educativas, a instancia de cambios políticos, sin que se haya conseguido hasta el momento una mejora sustancial reconocida. Y uno de los más serios problemas detectados: la escasa competencia lingüística del estudiante, se diría ir en aumento. Resulta indudable que esa falta de destreza hace resentirse seriamente la expresión oral y, en consecuencia, también la escrita, circunstancia que repercute de forma muy negativa no sólo en las etapas estudiantiles, sino además, en sus relaciones sociales y en su futura vida profesional.

Triste realidad. En general, e incluso dejando al margen los centros docentes, la sociedad no se esfuerza en hablar ni escribir con rigor y propiedad, y mucho menos con cierta elegancia y originalidad; no hay afición lectora apenas, salvo honrosas excepciones. Hoy pareciera valer todo. Así, hasta la propia publicidad se permite a veces añadir y difundir términos nuevos con la mayor frivolidad, no recogidos en el diccionario. Vean, si no, el caso de los todistas, o del yoísmo, dos nefastos ejemplos de plena actualidad. ¡Qué poco respeto hacia nuestra lengua, de reconocida tradición literaria universal, cuando menos!

No se trata de buscar culpables con un candil incendiario en el pasado y en el presente, ni de rasgarse apologéticamente las vestiduras, sino de que las autoridades académicas tomen ya cartas en el asunto defendiendo sus fueros, porque el problema afecta a nuestra sociedad y al futuro de sus estudiantes, por si no fuera poco el sombrío panorama del horizonte. No estaría de más que como punto de partida reconociéramos que, independientemente del ámbito de la profesión a la que se aspire: técnica, científica, artística, humanística, etc., en TODAS sin excepción los protagonistas van a necesitar COMUNICARSE, a no ser que su objetivo sea pasar su vida lejos de las miserias mundanas, en un islote minúsculo en medio del Pacífico. Opción muy digna pero poco frecuente.

Estudiar cuesta. Implica tiempo, voluntad y sacrificio. Pero siempre se pueden añadir por el camino elementos lúdicos, debidamente secuenciados y lo más formativos posible, que ayuden a desarrollar la capacidad de socialización; hablar, exponer, argumentar;  escuchar, respetar al oponente. Quien domine las estrategias del lenguaje y llegue a ser convincente y creativo en su ámbito profesional, tendrá muchas puertas abiertas. Y, además, saber defender una postura, escuchando a un rival ideológico desde el respeto, es imprescindible en cualquier sistema democrático que se precie de serlo. Y, eso, señoras y señores, como mejor se aprende es progresando paulatinamente en el sano ejercicio de debatir. Pero, cuidado, no como esos  supuestos “debates” que vemos hoy entre bostezos, en los que se leen las intervenciones, en que suele vejarse al rival, ridiculizándolo… No, no. Esos son sucedáneos desnatados, desgrasados e insípidos, que lo único que reportan a quien asiste a ellos son ganas de salir huyendo. Eso se llama “antidebate”. Por favor, no lo confundan.

Se me acaba el espacio… Y no puedo ni debo abusar de la benevolencia del lector aportando numerosas, bellas e interesantes citas que ilustren la importancia de la lengua, ni sobre lo necesario y útil que es adentrarse en la práctica del debate. Seguro que habrá otras ocasiones para ello. Sólo acabaré reiterando que, a través de mi experiencia, estoy convencida de que no hay ejercicio lúdico más formativo que adiestrarse en dichas técnicas. Formativo, tanto intelectual como éticamente, porque es, en definitiva, un intento más de buscar la verdad, a través de la discusión argumentada, fecunda y respetuosa.

Sí. Tiene razón la sabiduría popular: De la discusión, sale la luz…